PAÍS EN CHANDAL

Igual que fue sorprendente en su día constatar el alto número de paseantes de perro que habitaba el país,  ha sido hoy emocionante descubrir  la fantástica y generalizada afición a la práctica deportiva.  En cualquiera de sus grados, desde el runner superequipado al que se solo se ve el trasero cuando te adelanta hasta el paseo cansino pero satisfecho de parejas convencionales que no van a ninguna parte.

odiar para flojitosTodo un país en chándal  ha tomado las calles y las avenidas para darse el sencillo placer de estirar las piernas o sudar las camisetas porque lo importante no era, aunque también, ver y dejarse ver después de tantos días de soledad. Ni tampoco estrenar ropa deportiva que mola, ni conseguir un cuerpo escultural, que eso vendrá después.  Era respirar aire libre precisamente el que no suele oler a nada, o levantar la vista sin toparse con una pared o una finca. Se trataba simplemente de  mover ese cuerpo anquilosado  al que parecían sobrarle las piernas después de tanta inactividad .

El paseo puede causar efectos alucinógenos tras el periodo de privación vivido, provocando desaforados  sentimientos de estima y solidaridad. Quizás por eso se vuelve con la idea pujante de que somos un país que se merece salir adelante, compuesto en su mayoría de buena gente, de gente decente que no le desea mal a nadie y solo quiere vivir en paz. Que no le pide a la vida grandes posesiones o inmensos poderes, sino  poder vivir con dignidad, con bienestar y en libertad, disfrutando sin privilegios ni exclusiones de placeres tan  básicos y usualmente poco valorados, como el de pasear una tarde de casi verano, a la hora de la puesta del sol.

Solo sobran, en este paisaje idílico,  y no del todo irreal, ese puñado de ciudadanos que viven en y para el odio. Que disparan a todo lo que se mueve. Que llevan el NO tatuado en la conciencia, porque decir SI , si es muestra de apoyo mutuo o solidaridad, les parece que es muestra de debilidad Que mienten a los demás y a ellos mismos, que no saben construir nada porque su empeño es dinamitar las bases de la convivencia. No son muchos pero vociferan con una potencia que engaña y contamina. De hecho son capaces de arrastrar a quienes, aun estando a veces en las antípodas políticas, interiorizan ese discurso de desafección permanente y crítica feroz que sólo habla de lo mal que hacemos las cosas, de nuestro espíritu de insubordinación egoísta e irresponsable.

Pero somos un país que ha cumplido con lealtad y sacrificio las condiciones que le impusieron para garantizar un final feliz para todas las personas, sin dejar efectivamente a nadie atrás. Somos, es verdad, un país nada fácil  que todo lo discute y lo critica pero que en esta ocasión hemos dado la talla. Cada cual en la parte que le tocaba. En el compromiso colectivo y en la responsabilidad individual. Le pese a quien le pese.

Así que a pesar de que sean tan insistentes los tambores del odio, mejor no entrar en el refugio inútil del rencor y la descalificación global, y reconocer y celebrar que valemos la pena como sociedad, que el esfuerzo ha valido la pena  y que por eso hay que seguir luchando  por salir de ésta.

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