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EN EL SUPERMERCADO

Nunca fue especialmente divertido o gratificante ir a comprar al supermercado, peaje obligado que, a pesar del compromiso ético con el pequeño comercio,  se sigue pagando alguna vez que otra. Sin embargo en los tiempos del coronavirus, las incursiones han perdido cualquier atractivo que pudieran tener ( rapidez, diversidad, aparcamiento..) para convertirse en una experiencia estresante y peligrosa. comprador 2

Para empezar cualquiera con dos dedos de frente sabe que allí como en cualquier sitio cerrado y de previsible confluencia con otras personas, hay que llevar el equipo completo antiCOVID, consistente en la mascarilla antipática y los guantes torturadores. A éstos últimos se ha de añadir después los de la propia empresa que te los proporciona junto con un remojón gratuito de solución  hidroalcohólica.  Ahí ya se suelen ver muestras del despiste y estado de nervios que la experiencia ocasiona a algunos, porque esa debe ser la causa de ver a compradores  confusos intentando dilucidar ante el extintor de fuegos, la palanca que han de apretar para cumplir con su responsabilidad. Si hay suerte y un guardia de seguridad cercano, les echará una mano y se podrán ir con la cabeza alta, las manos húmedas y un mayor conocimiento de las medidas de seguridad existentes en la tienda.

También se ha visto quien en lugar de estrenar guantes, los coge  – usados y por evidente confusión- de la papelera cercana cuya ubicación no es la más acertada por lo que se ve. O peor aun, se quita los que llevaba puestos, estirando la punta de los dedos con la boca (¡!!), para sustituirlos por los que les facilitan.

Una vez dentro, la mascarilla ejerce un efecto sorprendente porque no solo acaba produciendo  una apnea considerable,  tal cual como si estuvieras en inmersión submarina , sino que además, contra toda lógica, te impide ver y oir  bien. No ves los productos, no encuentras lo que buscas, y no reconoces a nadie. En cambio hay gente   que te saluda, o lo intenta, con una efusividad  totalmente fuera de lugar. El espectáculo de quien quiere saludar con beso y abrazo entregado porque es de talante cariñoso y no considera que haya que exagerar las normas,  frente  a quien rechaza de plano el contacto mediante la interposición de carrito o  el disparo del codo,  puede resultar sumamente revelador de la naturaleza humana. Casi tanto, como ver a criaturas aburridas que en momentos de despiste de sus cuidadores -que tienen un punto humano y falible- pasan la lengua con delectación por el asa del carro , en una visión que fascina tanto como paraliza.

En fin, la etapa final en la caja que te suele pillar en un estado considerable de cansancio y confusión, exige concentración y agilidad. Te enfrentas a una cajera, pertrechada con la armadura necesaria, más cansada seguro que tú que  llevas solo un rato , mientras que ella lleva toda la jornada,  que seguramente te echará una sonrisa comprensiva al ver tus agobios y sofocos,  aunque tú no te enterarás porque solamente le ves las orejas.

Si no te has actualizado y pretendes pagar en efectivo –mal hecho- tendrás el castigo añadido de intentar contar billetes y monedas con esa doble capa de guantes, bajo las cuales ya no hay manos, sino muñones chorreantes.  Si pagas con tarjeta, cuidado, porque ya se han dado casos en que en el fragor del embolsamiento, una se lleva el datáfono a casa junto con las lechugas. Y luego ha de devolverlo y afrontar un cierto sentimiento de culpa y ridículo.

Experiencias del coronavirus en clave de humor. No porque el tema no sea terriblemente serio, sino porque si no ponemos humor para sobrevivir, la supervivencia hará que nos olvidemos de reir que es la terapia más barata y efectiva contra el pesimismo desintegrador.