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LA GRAN CARRERA

Se mueren al año 280 personas al año en Xàtiva según se alegó con motivo de los Presupuestos municipales aprobados para el 2019, ahora a punto de caducar, para justificar el gasto invertido en nichos y columbarios.difuntos 1

Deben ser los que corresponden a una ciudad de las características de Xàtiva, desde la normalidad de los estudios  demográficos que cuantifican nacimientos y defunciones, reduciéndolas a cifras estadísticas. Pero morirse no es solo un asunto de estadística aunque tampoco sea ciertamente un tema de tratamiento habitual, naturalizado como otros momentos de nuestra existencia. Quizás por la ingenua esperanza de no mentar la bicha para huir de ella, como si el tiempo inexorable no fuera a hacer las presentaciones.

En estas fechas, una celebración, que no tiene nada que ver con los ritos religiosos, mueve al personal a llenar los cementerios, a inundarlos de flores, en una completa liturgia para recordar con más o menos ecuanimidad a quienes ya no están. Porque la muerte no solo iguala a pobres y ricos, sino que causa un curioso efecto distorsionador que hace recordar a quienes tienen el privilegio de ser recordados, adornados casi siempre de virtudes y cualidades que mientras estuvieron vivos nadie celebró con tanto fervor.

Los que no están, en la mayoría de los casos, no se fueron por propia voluntad sino porque la muerte vino a por ellos, cuando creyó conveniente, sin razones aparentes, frenando en seco su carrera vital. Esa parece la metáfora más ajustada sobre nuestra vida, la que la describe como una carrera, o un paseo o una marcha militar -cada cual lo que le haya tocado-, de duración y condiciones desiguales pero con mismo destino final. Por lo cual parece algo idiota competir entre nosotros, dado que la llegada a meta será idéntica, por más zancadillas y codazos que se hayan dado. Y más todavía empeñarse en acumular bienes terrenales, que supondrán una carga añadida que nos llenará de preocupaciones evitables. Con todo, es evidente que se transita mejor con equipo de mejor calidad, y no es lo mismo hacerlo con botas de montaña que con alpargatas, pero superado un cierto nivel de bienestar, se trata de andar el camino mirando atentos a derecha e izquierda para no perdernos nada que valga la pena. Se hace mucho más fácil si aprendemos a superar las agujetas producidas a veces por el esfuerzo de vivir.  O a echarnos a la espalda aquellas cuestiones que sólo dañan y hacen surgir las ampollas en los pies. Porque hay quien se entretiene tanto a veces matando moscas a cañonazos, librando peleas estériles, acumulando agravios y rencores que cuando la meta ya está a la vista y mira atrás, solo hay una nube tóxica que es la única que realmente acompañó su existencia.

De la larga y poco original metáfora anterior no se deriva que haya que pasar la vida silbando alegremente, en una nube de falsa felicidad. Ni que sea recomendable prescindir de cualquier compromiso, sintiéndose ajeno a cualquier responsabilidad. Por el contrario, cuando ya llevas un buen rato de caminata, descubres que avanzar en modo participativo, sembrando y recogiendo, dejando el camino mejor de lo que lo encontraste a base de limpiar pedruscos y alisar el terreno, alivia tensiones y proporciona certezas relajantes.

Si les preguntaran a la mayoría de los que mañana serán visitados, seguro que su mayor deseo, sería seguir vivos en el recuerdo de quienes los estimaron. Para ello solo es preciso haber dejado una herencia que no se mide en cifras, sino que es una huella impresa en la memoria ajena, a fuerza de amor y de generosidad.