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La Navidad y los turrones

La Lotería de Navidad tiene muchos enemigos, bastante merecidos, todo sea dicho. Porque a estas alturas todo el mundo sabe que representa, sobre todo, un inmenso negocio para las arcas del Estado, esas que son de todos, pero administran algunos, según su saber y entender, sin acertar siempre, ni guiarse sin despistarse por intereses legítimos y colectivos. Es un inmenso negocio, sí, aunque no tanto como los bulos alimentan, ya que no llega al 50 % el porcentaje recaudado

Este año la cantidad destinada a premios es de 2590 millones de euros, cifra impresionante, aunque relativamente, porque no supera por ejemplo a los casi 3500 millones de euros que las grandes empresas, Telefónica, Endesa, Iberdrola…pagaran en dividendos a sus accionistas en razón a los beneficios obtenidos 

Casi nadie ignora que las posibilidades de que le toque la Lotería con una cantidad importante que le saque de pobre y no solo sirva para cubrir agujeros que más parecen socavones, son ínfimas, ridículas, anecdóticas.  Si cada año, en el bombo de los números se introducen 100.000 bolas, que van desde el 00000 al 99.999, la cuenta es sencilla. Habiendo solo un número ganador para el primer, el segundo y tercer premio la probabilidad de que toque habiendo adquirido solamente un décimo es de 1 entre 100.000, por lo tanto, es del 0,0001%.

 Además de las escasas posibilidades de que el azar nos escoja, es de dominio público que muchos de los exultantes ganadores que destaparon botellas de cava y se las prometieron muy felices, acabaron tristes, solos y arruinados. Porque el dinero no siempre trae la felicidad, aunque indudablemente ayude. Pero hay momentos vitales en los que es fácil creer que todas las respuestas están en la cuenta bancaria y que  no hay nada que amenace nuestra felicidad que no pueda ser neutralizado con un montón suficiente de euros. Cosa de la edad es averiguar, nunca desde la experiencia ajena y por la vía del batacazo a veces, que las cosas no son tan simples.

También se escuchan historias fantásticas que otorgan a videntes, magos y otras especies la capacidad no solo de sacar conejos del sombrero, algo que ya está muy visto y anticuado, sino de acertar con el número premiado. Pero no hay inteligencia artificial, ni natural, capaz de contradecir las leyes de probabilidades matemáticas.

La Lotería de Navidad además de enriquecer a unos pocos, poquísimos, aporta otro capital importante a las Fiestas que es su anuncio publicitario. Pequeñas obras de arte, dramones de alta calidad, que hacen saltar las lágrimas empatizando totalmente con sus personajes e impulsan a salir corriendo a la Administración de Lotería más cercana. El “Vuelve a casa, vuelve” sigue siendo un soniquete que remueve las entrañas de muchas familias. El de turrones Suchard de este año que habla de la acertada faena familiar de una pareja conmueve y hace pensar, aunque lo cierto, porque lo cortés no quita lo valiente, es que se omiten muchas otras realidades familiares que también lo hacen muy, muy bien. Sin hablar del calvo, el famoso calvo de la Navidad, espécimen encantador y elegante, capaz de superar la connotación peyorativa que se atribuyen injustamente a los cráneos pelados.

Creer que te va a tocar la lotería es como esperar con ansiedad a los Reyes Magos y acostarse el día previo con el corazón en un puño a la espera de que traigan el regalo deseado. Algo lógico a ciertas edades, pero inaudito a los 40 años. Aunque en un contexto tan vociferante y crispado como el que vivimos, quizás sea de valientes, inmunes al desaliento, permitirse una dosis mínima de ingenuidad.