Nunca fue un señor, siempre un baboso truhan. Pero fue el cantante preferido de muchas mujeres respetables de una generación ya caducada, que casi mejor que no presencien el bochornoso hundimiento de su ídolo. Mujeres que nunca dijeron la palabra sexo en voz alta, pero levitaban cuando Julio Iglesias, su Julio, cantaba mirándolas de esa forma que no sabían explicar.
Hubiera sido imposible convencerlas entonces de su indecente conducta. De ninguna forma lo hubieran admitido y habrían disparado a todas partes antes de centrar el tiro en el único culpable. No era solo un cantante guaperas. Quizás también su sueño húmedo, aunque puede que nunca lo supieran.

Hoy siguen habiendo voces que desde la hipocresía más descarada pretenden obviar el tema o vincularlo a envenenadas cuestiones de patriotismo. Que intentan focalizar en las víctimas, siempre fáciles de desacreditar. Que con la boca pequeña exigen el pronunciamiento de la ley que, siendo necesario, tardará. Y que, en todo caso, es compatible con un rechazo inmediato y contundente, basado en la existencia de una investigación impoluta que nadie se ha atrevido a cuestionar. Y ya querrían.
Pero durante estos años hay que reconocer que algo ha cambiado. Y la caterva de agresores sexuales -guapos, ricos y famosos, aunque no siempre a la vez- ya no disfruta de la misma impunidad.
Eso no se hace. A ninguna mujer. Seas quien seas. Y eso lo va aprendiendo gente como Plácido Domingo, Harvey Weistein, Roman Polanski, Bill Cosby, Woody Allen, Dustin Hoffman, Rob Lowe, Gerard Depardieu… que “usaban” a las mujeres en el término más degradante de la expresión.
Se lo han enseñado las mujeres que hablan de sexo y de poder. Del suyo para hacer con su cuerpo lo que quieran solo con quien quieran. Y una sociedad que ahora tiene un discurso común contra la violencia machista, aunque se esconda en versos sonoros pero degradantes.
“Me gustan las mujeres, me gusta el vino, y si tengo que olvidarlas, bebo y olvido”. Pues que lo intente ahora, pero las mujeres no lo van a olvidar a él. Y lo sabe.



Fue el primer programa de telerrealidad que se veía en este país y supuso toda una novedad audiovisual que generó verdadera expectación. Ver a personas más o menos normales, aunque eso sí, con un alto grado de exhibicionismo, encerradas sin posibilidad de escape y mostrando su más íntima cotidianidad ante miles de televidentes, tenía ciertamente un atractivo morboso que enganchó a mucho personal.
Fue el 11 de Junio cuando asesinaron a una vecina de Xàtiva, Isabel Elena Raducanu. Todos los demás detalles que se dieron en su momento por algunos medios -no todos- rozaron el mal gusto y el sensacionalismo más mezquino pero sobre todo no tuvieron ninguna utilidad para hacer comprender la crueldad que esa muerte suponía y las causas reales que la provocaban. Algunos de los titulares que se emplearon para contar lo sucedido a la opinión pública, es mejor olvidarlos porque fueron vergonzosos, apelando a los más bajos instintos del personal y convirtiendo lo que era otro asesinato machista en una especie de espectáculo gore, en el que se jugaba con las hipótesis como quien participa en un espacio de ciencia ficción.