PRINCIPIO DE AÑO

Qué principio de año tan malo. Por lo menos en lo que se refiere a la panorámica. Es posible que nuestro pequeño mundo esté más o menos en orden, aunque tenga sus agujeros negros: miserias escondidas, dolores encubiertos, infinitas preocupaciones justificadas o no, que, sin embargo, nos sentimos capaces de enfrentar. Conviven además con momentos placenteros, donde todo parece tener su encaje y que aportan la justa dosis de energía y esperanza para continuar.

Pero el otro mundo, el que está más allá de nuestras fronteras, pero comparte el mismo cielo, el mismo planeta, está hecho un verdadero cristo. Como si nos hubiera tocado un director de orquesta realmente loco que está imponiendo un repertorio que no nos gusta a casi nadie. Como si no hubiéramos aprendido nada. Como si el sentido común de la mayoría silenciosa hubiera sido secuestrado y amordazado. ¿O es que hay alguien que mire más allá de su ventana y sienta satisfacción y confianza?

Es demasiado intensa la sensación de que vamos en caída libre porque no hemos dejado casi nada a lo que agarrarnos. De que hemos perdido la fe en lo que nos hacía grandes, lo que nos hacía gustarnos entre nosotros, protegiendo lo que nos permitía sobrevivir. Tras dos mil años de historia para llegar aquí no parece un balance muy positivo y autoriza la duda sobre nuestra inteligencia colectiva.

Se impone un arduo trabajo para volver a dibujar las líneas rojas que permitían la convivencia y eran garantía de futuro. Ahora no las hay y es urgente recuperarlas.

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