Participación. Ese parece ser el mantra consolidado en los nuevos Gobiernos progresistas, reflejo de su interés en las personas y del abandono irreversible de esas prácticas autoritarias y prepotentes que trataban a la ciudadanía como eternos menores de edad.
El Ayuntamiento de Xàtiva que, acertadamente, se dotó de una Concejalía al efecto, dedicada exclusivamente a promover una participación plural, efectiva y permanente, ha contratado un especialista cuya responsabilidad será asesorar y dinamizar el tejido asociativo de la ciudad. Desde el punto de vista de los riesgos laborales corre el riesgo de sufrir lo que se llama “burnout” laboral, que viene a significar acabar más quemado que las Fallas, ya que la tarea que se le viene encima es tan descomunal como necesaria.
Para empezar esta ciudad tiene inscritas en su Registro de Asociaciones alrededor de 240 colectivos. Es evidente que gran parte de ellas son reliquias de otros tiempos, pero se hace necesario averiguar la vitalidad o mortalidad de todas y cada una, sin prescindir de nadie pero exigiendo unos mínimos requisitos de actividad y organización.
Pero lo que viene después es peor. Porque como consecuencia lógica de esa opción ideológica y política que tanto fía a la participación, existen en esta ciudad, constituidos formalmente o en trance de serlo, hasta nueve Consejos u órganos de participación. Ahí están el Consell de les Dones, el Escolar, el Esportiu, de Salut, de Joventut, el Económico y social, el de Participación, de Movilidad, el de Benestar social, y cabe dentro de lo muy posible que alguno quede olvidado.
Cada uno de ellos depende del concejal o concejala del ramo, aunque hay algunos, más ambiciosos o trabajadores, que presiden hasta dos de ellos. Y todos son importantes, o pueden llegar a serlo, si llega a feliz término la segunda parte de cualquier proyecto de participación que se precie, que es hacerlos funcionar.
Constituir un Consejo, sentar en una mesa a un grupo de personas y captar su atención es relativamente fácil. Lo difícil, casi heroico, es acertar con el procedimiento que permita sumar talentos y capacidades y construir proyectos comunes desde el respeto mutuo. Dice una de las incuestionables leyes de Murphy, que para que una tarea no se lleve a término, solo hace falta crear una Comisión encargada de hacerla. Ahí morirá el empeño, de muerte natural o asesinada por las discusiones entre egos delicados, la suma de incapacidades, la asfixia del talento o el desprecio a los conocimientos técnicos imprescindibles.
Es imprescindible evitar que los Consejos de participación se conviertan en mesas redondas de cartón piedra, donde el Rey Arturo de turno, disfruta de un público entregado y pacífico. Gente convocada para oir, ver y callar, sin formación ni información suficiente para opinar, convidada de piedra para ser aleccionada sobre las prácticas de quien no tiene ningún interés en conocer la opinión de las personas afectadas, caso de que éstas estuvieran en condiciones de manifestarla.
A participar se aprende, porque no es una ciencia infusa, de carácter innato sino que requiere de unos requisitos. Como la buena cocina, requiere de algo más que la simple adición de factores, de asociaciones o entidades, para evitar un desagradable corte de digestión.
La participación es un desafío que puede resultar incómodo. Porque exige negociar, y consensuar los proyectos con esa voluntad popular expresada sin intermediarios ni filtros, que a veces puede resultar impertinente. Exige sinceridad y confianza en el propio proyecto que se ofrece al juicio externo.
Ahora se tiene una oportunidad que requiere valor y coherencia. Nadie dijo que fuera fácil. Sólo era algo que parecía una utopía y hoy puede hacerse realidad.
