El cuento de la libélula azul

Desde hace muchos, muchos años en la casa donde paso el verano viene una libélula azul a visitarme. Tengo claro que es una libélula, que no es precisamente de los bichos que más me atraen, empezando por su nombre, farragoso y difícil de pronunciar pero le tengo un afecto y una lealtad especial, comparable al que ella siente por mí.


A diferencia de otras que también pasan por aquí presumiendo de colores más vivos (verdes , corales y anaranjados) que vuelan más rápido o tienen las alas más largas, es única en su especie porque es la mía .


Mi libélula es la que vuela con el poderío de un Falcon y la gracia de una trapecista, la que me provoca y juega conmigo cuando me quedo quieta como una estatua para conseguir que se acerque a mí recortando distancias hasta resultar casi inexistentes. La que ataca y huye pero sin miedo, todo juego y divertimento. La que es de un azul rabioso, sin concesiones ni matices.


Que nadie pretenda argumentarme que puede haber muchas que vengan a beber en mi piscina. Nadie podrá convencerme de que, como mucho, será hermana, prima o concuñada de la que hace más de 10 años empezó a visitarme. Estoy segura, porque así lo he decidido, de que es la misma, quizás con algún ligero cambio, igual que yo he cambiado a lo largo de estos años.

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