Agua que no has de beber déjala correr, dice el refranero a veces astuto, a veces francamente idiota. Y este es concreto, no es un buen consejo, porque el agua a día de hoy es un bien preciado y finito, a pesar de que se utilice y derroche como si las reservas fueran ilimitadas. Su gestión es hoy un elemento esencial en el gobierno de las ciudades tanto para facilitar su acceso en condiciones óptimas a la población, como para fomentar políticas de ahorro. Además, si procede, hay que impedir que factores añadidos, como el deficiente estado de redes de distribución a veces prehistóricas, generen daños materiales a viviendas y particulares, que son los paganos forzosos de una situación que no se puede cronificar.
En Xàtiva hay trabajo en este sentido, a la vista del festival de incidentes y accidentes causados por el deficiente estado de la red de abastecimiento que de vez en cuando, inunda alegremente viviendas y garajes. A eso hay que añadir, la reivindicación permanente y bastante justificada de una parte de la población que aspira con todo derecho a tener un suministro de agua potable con todas las garantías de calidad.
Todo ello no es una realidad sorprendente y repentina, sino resultado del muy deficiente estado de depósitos y cañerías que llevan años reclamando a gritos unas mejoras e inversiones que nunca han llegado. Es ejemplo válido de esas asignaturas pendientes que todo el mundo nombra en sus programas electorales pero que desaparecen mágicamente durante los años en que se dirige la gestión municipal para reaparecer cuando se vuelve a la oposición.
La costumbre parece hacer norma y nos hemos habituado a cortes de agua eso sí, previamente señalados con mucha amabilidad, que suceden un día sí y otro también. Últimamente parece que además de la ciudad de las fuentes donde el agua corre mansa, somos la ciudad de los géiseres, donde de repente el pavimento se abre y deja escapar un chorro de agua, furioso y
dañino. Los bajos y garajes de algunas zonas, en algunos barrios se convierten periódicamente en estanques de agua, y no precisamente japoneses.
Y todo ello, lógicamente va colmando la paciencia del vecindario que quizás no sea sabedor de los innumerables problemas que hay que superar para lograr una solución integral del problema pero que sinceramente, a estas alturas, mojados, cabreados y perjudicados, les da igual, porque quieren soluciones y no necesitan más explicaciones.
Un ayuntamiento progresista no puede de ninguna forma, permanecer impávido ante esas concentraciones de vecinos y vecinas cabreados que manifiestan su cabreo semana tras semana. No puede mirar a otra parte, no debe entender el conflicto desde la confrontación política y lavarse las manos, abandonando a quienes sólo disponen de agua sucia o ven dañadas repetidamente sus viviendas y garajes. Tiene que remangarse y articular soluciones definitivas, que no pueden ser el parcheo improvisado, sino la planificación de la inversión necesaria para garantizar la mejora estructural de la red hidráulica. No siendo cantidades menores y habiendo ayudas previstas para tal fin, hay que pelear con por ellas con el empeño suficiente y sin perezas recurrentes.
Lo que sea necesario para evitar que se cronifiquen, como está pasando, determinadas carencias básicas que alimentan unas protestas vecinales absolutamente justificadas. Porque no se puede pedir a nadie que viva desde hace 20 años consumiendo agua no apta para consumo humano, ni viendo caer la propia casa a cuenta de fugas y filtraciones.
No siempre el agua apaga fuegos sino que a veces, puede ser gasolina causante de graves incendios sociales que hay que atender con la urgencia que merecen.
