Si algo hemos aprendido , entre otras muchas otras enseñanzas de carácter vital, fruto de las inesperadas e indeseadas experiencias de este ultimo año es , sin duda, a hacer colas.

Si , si no se rían los sabihondos. Antes de la pandemia, como país de picaros y tramposos que somos, o por lo menos eso dice el estereotipo, lo de hacer colas lo llevábamos muy mal. No nos gustaba en absoluto tener que esperar y si era obligatorio porque al final nos esperaba algo que de verdad deseábamos, ideábamos mil y una maneras para saltarnos la cola. Inventábamos excusas que demostraban impepinablemente que nos tenían que dejar pasar, incluso intentábamos seducir con nuestros encantos si es que los teníamos al personal para adelantar algún puesto . Había toda una cultura popular para conseguir colarse mediante diversas artimañas y estrategias. Había expertos y expertas en trucos y engañifas para reducir la espera. Aunque también, evidentemente hay gente que ahora y siempre, disfruta con las colas, porque les permite el contacto social, la conversación banal, el intercambio de información. Gente de buen acomodo que se resigna con facilidad, que vive instalada en la paciencia, siempre curiosa en relación a todo lo que se mueve en su entorno, siempre dispuesta a contar o escuchar una buena historia de esas que nunca serán escritas pero tienen un interés indiscutible. Buena gente, sin duda, que asumen las colas como hábitat natural y se enrollan con quien estará a su lado un buen rato, sin nada mejor que hacer que arrastrar los pies cuando la cola se mueve.
Como país que somos lleno de contradicciones también hay quien antes de hacer colas prefiere renunciar a la compra del producto que ya adquirirá en otro rato, o comprar por internet, o encargárselo a alguien que pertenezca a la anterior categoría. Gente impaciente, nerviosa, que siente que el tiempo se le escapa entre los dedos y no está dispuesto a invertirlo en dilatadas esperas que al final solo te permiten llevarte un cepillo de dientes o un kilo de mandarinas.
Claro que todo esto era antes de la pandemia. Ahora, si o si, nos vemos obligados a guardar cola casi que para todo. En algunas casos nos evitan la posibilidad, aunque no se sabe si para bien, porque también muy frustrante y fastidioso contar tus males al médico por teléfono en un vagón de tren abarrotado, o no encontrar en la relación con los bancos, dueños de nuestros ni dineros, ni una sola persona humana a quien consultar dudas. Pero las colas se imponen en la farmacia, la frutería, la ferretería o el estanco…A la hora de recoger a las criaturas, de llevar un paquete a Correos, de atravesar las puertas de alguna oficina de la Administración…
Y las hacemos. Colas disciplinadas, en las que la gente no se amontona y suele dejar la obligada distancia de separación. Colas que a veces se mantienen con estoicismo, aunque estén expuestas a la lluvia ,a la intemperie, haga el tiempo que haga. Y es que vamos aprendiendo. Lentas, pero seguras las personas vamos aprendiendo, que esto que nos ha pasado no se va resolver por lo que haga el Gobierno, ni Europa, ni el sumsum corda, que decían las personas mayores. No se soluciona con ofrendas a los dioses, ni con quejas y gruñidos. No se detendrá porque miremos a otro lado, enterrando la cabeza como el avestruz, porque ya se sabe que otras partes de nuestra anatomía quedarán al descubierto.
Esto que nos ha pasado, 75 millones de personas contagiadas en todo el mundo, más de un millón y medio de fallecidos en el mundo , de ellos 50.000 en España, es demasiado gordo, demasiado grave, demasiado letal como para intentar pasar página con rapidez. No es posible, ya querríamos todos que nuestros deseos fueran órdenes para el virus, pero como no es así, hay que hacer a la fuerza un ejercicio de madurez y erradicar conductas infantiles en el peor sentido de la palabra.
Haremos colas, llevaremos mascarillas y nos lavaremos las manos hasta desollarlas mientras nos privamos de besos y abrazos, siempre necesarios. Pero si es esa la forma y manera de superar este desafío que tanto daño nos ha hecho y puede seguir haciéndonos, si hemos de cambiar hábitos y rutinas, ordenar prioridades y tomarnos en serio la protección de nuestras vidas, no hay mejor momento ni mayor necesidad que ahora. Ahora mismo. Es algo para pensar mientras hacemos la cola.
