DE MAYORÍAS RESPONSABLES Y MINORÍAS IRRESPONSABLES

Parecía difícil, todo un desafío, parar un país en su totalidad y mandar a la gente a su casa. Era sin duda,  tarea ardua y compleja que sin embargo, fue asumida sin resistencias,  por  la gran mayoría movida por la responsabilidad  y también, para que ocultarlo, por el miedo.

este virus

Cerraron  bares y restaurantes, lo nunca visto en este país. Cerraron los centros educativos y los estudiantes grandes y pequeños marcharon a sus casas, extraños y extrañados pero obedientes. Luego fueron también las empresas, las administraciones, las fábricas…las que se sometieron a ese confinamiento en el que cada uno desde su casa se asomaba a la ventana, lleno de perplejidad y desconcierto. Y aguantamos lo que hizo falta, lo que nos dijeron, privados de derechos básicos y nunca antes  cuestionados, por lo menos en las últimas décadas,  como el derecho a movernos libremente, a entrar y salir como y a donde nos diera la gana. Quien nos lo iba a decir! Pero lo hicimos,  porque las opciones estaban claras aunque fuera duro y difícil.

Pero ahora,  se está demostrando que poner  en marcha un país, recuperar su musculatura, debilitada por la inactividad, adaptarse a las nuevas condiciones creadas,  tampoco es tarea fácil, en absoluto. Sobre todo porque pasado el primer momento de pavor que consiguió unirnos frente a la amenaza, superados esos días en que las cifras de personas fallecidas provocaban vértigo, olvidada la sensación de fragilidad que producía ver como nuestra vida dependía de factores ajenos a nuestra voluntad….  la memoria de pez que a algunos  caracteriza, les  hace olvidar el susto pasado. Y por eso, entierran en lo más hondo de su memoria los días duros de la pandemia, y pretenden hacer borrón y cuenta nueva, volver a empezar, retomar las cosas donde las dejaron.  De ahí la avalancha a terrazas y bares  como si nos fuera la vida en ella, sin darse cuenta de que quizás sea así. Y la pelea con las mascarillas, odiosas pero efectivas que hay quien lleva  colgada de la oreja, de forma poco recomendable. Y se instalan en la queja permanente, en la crítica incineradora que busca incansable,  culpables a los que fusilar. Y surgen los sabelotodo que enmiendan la plana a expertos y  protestan amargamente  porque no nos devuelven nuestra anterior vida con nuestro trabajo y nuestras cañas… sin apreciar la importancia de estar vivos y sanos para disfrutar de ambas cosas.

Pero aunque ladran mucho, esta gente no es la mayoría. No tienen razón quienes predican que somos un pueblo de cretinos e irresponsables que se saltan las normas a la torera. Como no es cierto a pesar de la fama que nos cuelgan que seamos un país de perezosos y holgazanes.  No es así y afirmarlo taxativamente, generalizar,  nos hace un flaco favor. De hecho, de ser cierto, la famosa curva que había que aplanar continuaría en ascenso y no habría negocios que abrir, ni terrazas que frecuentar. De hecho, con el esfuerzo colectivo y mayoritario  hemos construido entre todos un fuerte muro tras el que defendernos aunque sea difícil   asumir para cualquiera   que esto no ha sido un paréntesis, sino un punto y aparte, que nos deja ante un paisaje preocupante que habremos de superar.

 El frenazo en seco de la economía hace que más de 6 millones de personas tengan que basar su subsistencia hoy en los sistemas de protección social , con un gasto mensual  de alrededor de 9.000 millones de euros   a cargo de las arcas del Estado, que son grandes pero no infinitas. 86.000 pequeñas empresas han desaparecido y se prevee que el paro alcanzará a cerca de un 19% de la población activa.

Así que vienen tiempos duros en los que habrá seguro quienes se dedicarán al boicot permanente, pero la inmensa mayoría como ha pasado hasta ahora, es seguro que dará la talla, aguantando el temporal y  mirando por todos para que nadie , efectivamente, se quede atrás.

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