Fuimos madres a veces sin pretenderlo, a modo de sorpresa que te da la vida y que te dura, ya toda la existencia. Otras veces fue resultado de nuestro empeño, de nuestra personal decisión que tomamos por razones que nunca explicamos a nadie, ni siquiera a nosotras mismas.
Fuimos madres reidoras, divertidas, satisfechas que disfrutamos de la infancia feliz y cansada de quienes giraban en torno a nosotras, pidiendo amor y papillas, higiene y canciones de cuna. Que a veces tuvimos instructoras que nos silbaban en el oído, pero otras, estuvimos solas, sin manual de instrucciones y así superamos largas noches de insomnio por un diente impertinente o un oído doliente.
Fuimos madres dedicadas, esforzadas, empeñadas. Sufridoras, preocupadas, siempre intentando estar a la altura del desafío que significaba hacerse cargo en cuerpo y alma del destino de otro ser. Hasta que comprendimos que, en realidad, su destino estaba en sus manos, no en las nuestras. Y lo que hacen las madres , en realidad, es solo intentar colocarte en la mejor posición de salida, abrocharte unos buenos zapatos que no te hagan tropezar a mitad camino, y mirarte, ya calladas, mientras que inicias el recorrido.
Somos madres definitivas que jamás abdicamos, que nunca dejamos de repasar cada noche la lista de nuestros retoños aunque sean hombres y mujeres autónomos y autosuficientes, competentes en sus vidas y soberanos en sus decisiones. Pero somos sus madres, lo hemos sido siempre, y lo seguiremos siendo porque hemos peleado por construir vidas completas, las suyas y las nuestras, y entre ambas, a pesar de la distancia visible e invisible, existe un vínculo que es permanente e indestructible.
