Esta es una versión actualizada del famoso cuento de los tres cerditos, adaptada a las circunstancias como se suele decir. Todo el mundo sabe que uno de los cerdos en cuestión se construyó , por aquello de trabajar lo menos posible, una casita de paja , que ardió con facilidad cuando el lobo atacó y le dejó, como vulgarmente se dice, con el culo el aire. Luego la historia continuo, y tuvo un final feliz, que no voy a destripar por respeto a quienes a estas alturas, se hayan olvidado del relato. 
Habría tenido poco éxito una versión, que relatara que el tonto del cerdo ante el lobo pirómano volvió a construir una casa exactamente igual, es decir, de paja. Porque todo el mundo hubiera captado la estupidez de tal decisión, que volvía a dejar al cochino en la misma situación vulnerable. El ataque se podría repetir y también la tragedia, incluso con peores resultados. Claro que el animal, que no tiene fama de listo precisamente, podría alegar que lo necesario era levantar cuatro paredes para protegerse y que no era momento para ponerse exigente, porque el tiempo amenazaba lluvia y lo urgente era buscarse un techo, que más da que fuera de paja, madera o hierro.
A algo así suena lo que nos está pasando cuando se oye hablar de planes de reactivación, de vuelta a la normalidad, que pretenden reproducir sin variar una coma, el modelo económico que teníamos ante del desastre, como si fuera un modelo perfecto e inamovible que no necesitara mejoras y nos permitía vivir en el mejor de los mundos posibles.
Quizás habría que recordar que en este país había mucha gente que trabajando vivía en la pobreza, con una precariedad humillante y unos salarios de miseria. Que la desigualdad era la norma con tremendas asimetrías entre unos y otras, que la convivencia era difícil porque el cuidado de las personas no estaba garantizado, porque el valor del trabajo siempre se medía en cifras y no en el bienestar común que generaba.
Quizas habrá que refrescar memorias y recordar que la pandemia que hemos sufrido no es casual, ni un accidente, ni una jugada del destino. Es la consecuencia lógica de una forma de administrar la riqueza que sólo tiene en cuenta el beneficio económico fomentando un consumo compulsivo a base de la explotación descontrolada de los recursos. Aunque sea a costa de devastar un planeta cuyas posibilidades de subsistencia son finitas y dependen de un cuidado equilibrio de las especies que lo habitan. Todo eso del calentamiento y del cambio climático, de las catástrofes naturales, de la desaparición de especies vegetales y naturales no es un estudio de ciencia ficción que ni comprendemos ni nos importa un pimiento. Es la clave, el origen y la explicación de lo que está pasando y de lo que puede llegar a pasar. No es un discurso de gente moderna, de científicos locos, de políticos paranoicos. Es una realidad, una puñetera y terrible realidad que ahora se ha manifestado de la forma más brutal, que ni aun así está consiguiendo hacer entrar en razón a los afectados, es decir, a nosotros, a la Humanidad.
Porque somos tan miopes que tras el lamento sincero y lógico por las muertes ocasionadas, dominados por una comprensible preocupación por las situaciones de miseria económica que se van a generar, nos empeñamos en volver a la normalidad, esa normalidad que ahora tenemos la oportunidad de revisar de cabo a rabo, para ver lo que hay que mantener y lo que hay que enterrar y erradicar, lo mejor y más rápido posible.
No se trata de perder ahora, precisamente ahora el contacto con la realidad y ponerse a pelear contra molinos de vientos. Pero sí es posible tratar de hacer las cosas de otra forma, enderezar el rumbo que claramente nos llevaba a un desastre anunciado, para establecer otras formas de subsistencia, de producción, de relación con la naturaleza y el entorno. Otros modelos productivos donde se valore lo local, se trabaje por la autosuficiencia, se proteja la agricultura y la ganadería como fuente de recursos básicos. Donde la industria del turismo no sea el único recurso y las tareas de cuidado, de atención a las personas vulnerables, de limpieza, merezcan la atención y los medios y el reconocimiento que merecen aunque ya no tengan los aplausos de las ocho. Donde la gente no viva para trabajar, sino que trabaje para vivir, con salarios suficientes, con horarios y modelos de trabajo racionales que permitan la conciliación.
Vivíamos en un sistema lleno de contradicciones y lo sabíamos. Lo sufríamos. Y entramos ahora en un período de recesión que amenaza duramente la subsistencia de muchísimas familias. Para hacerle frente se organizan los Ayuntamientos, como han hecho aquí en nuestra ciudad. Pero se trataría ahora de no olvidar lo aprendido e incluso lo prometido en programas electorales, para que al trabajar para reactivar la ciudad no se reiteren errores históricos. Para hacerlo en clave de futuro, sin tener miedo a quemar lo que es viejo y caduco al más puro estilo fallero y a innovar lo que haga falta, sin someterse a inercias que son cómodas pero no nos harán progresar.
No construyamos otra casa de paja, que nos puedan incendiar en cualquier momento.
