Por diferentes causas que no viene a cuento explicar, estoy pasando esta cuarentena, acompañada por un pollo. Sí, un pollo, cuyo álbum fotográfico os adjunto para que nadie crea que esto es una metáfora de la vida, ni una fantasía fruto del confinamiento.
El pollo, que todavía no tiene nombre definido, porque antes ha de demostrar su carácter y cualidades, es pequeño pero matón y está demostrando múltiples utilidades. Por ejemplo, es un competidor nato de la Conga, porque recoge con su pico-aspiradora todo aquello que pilla en un suelo, por lo demás, inmaculado, dado que en algo que hay que entretenerse estos días. 
Por limpiar, te higieniza hasta el teclado del ordenador al que deja como los chorros del oro. Es depositarlo allí y ponerse las botas, paseando con sus patas descarnadas de la “Q” hasta el “Intro” con toda confianza. Convivir con él despierta sentimientos llenos de ternura, para qué negarlo, derivados de su fragilidad evidente, de su escaso tamaño, de su dependencia absoluta. Cuidar a alguien ajeno a ti misma, es un buen remedio para evitar el pánico que se genera cuando el autocuidado es la única preocupación.
Aunque, todo hay que decirlo, este bicho es también motivo de tensiones añadidas, nada bien recibidas. Porque circula detrás de ti, a velocidad sorprendente y es fácil pisarlo, lo cual dada la diferencia de tonelaje, implicaría su muerte rápida y violenta. De hecho, ya lleva un par de pisotones bien dados, aunque del todo involuntarios, que al parecer no han dejado secuelas, por pura suerte. Por eso te acostumbras al final, a un andar raro, como cansino, arrastrando los pies para evitar que se ponga debajo en una de sus locas carreras y se trunque la relación apenas iniciada. Un pollo muerto, no sería lo mismo.
Uno de sus peores defectos es su increíble capacidad para emitir sonidos. Un pio-pio taladrante, que no tiene nada de dulce ni celestial, sino que es como un grito de guerra que perfora los tímpanos y es imposible de resistir durante más de cinco minutos. Recuerda a algunos personajes de la tele y no se trata de señalar a nadie.
Pero con el pollo, el remedio es fácil porque sólo quiere que lo cojan, que lo metas en un bolsillo y lo mantengas en un rincón cómodo y caliente. Eso no funcionaría con Inda, pero en realidad no es nada del otro mundo, aunque no siempre es posible. Léase ducharse por ejemplo, mientras no inventen escafandras para pollos. Y es estresante hacerlo mientras te mira desesperado al otro lado de la mampara, piando desesperado.
Como decía, no tiene nombre, aunque tampoco le hace mucha falta porque no hace demasiado caso cuando le interpelas. En realidad tiene dos modalidades: o silencio durmiente, o pio-pio ininterrumpido. Pero, a pesar de todo, es costumbre habitual cuando a alguien le damos un valor especial, sacarlo del anonimato, dándole un nombre apropiado. Onomatopeyas y diminutivos no valen. Este es un pollo que, hoy por hoy, convive con adultos, aunque a ratos no lo parezcan. Así que hay que afinar. Si teneis un rato libre, se aceptan sugerencias.
