Si con la Navidad sufrimos una epidemia de “Santas Klaus” obesos y renos de ojos saltones, en San Valentín, que ya está al caer, nos entierran bajo una avalancha de corazones, mayormente rojos en un alarde de realismo, traspasados por una flecha y acompañados de una leyenda que con más o menos cursilería, alaba el amor y sus derivados.

Fue San Valentín, un hombre valiente que se enfrentó al Emperador romano de turno, que desaprobaba el Cristianismo tanto como el matrimonio porque consideraba que desmotivaba a los hombres para unirse a sus ejércitos. Así que, ante el empeño del obispo Valentín en seguir matrimoniando al personal, mandó ejecutarlo en tres actos, dice la leyenda, para más recochineo: paliza, lapidación y decapitación final para rematar, nunca mejor dicho. La exuberancia creativa para estos menesteres de los emperadores romanos era notable y su inhumanidad recuerda la de algunos recién nombrados Presidentes estadounidenses.
Lo cierto es que a partir de esta historia, contada con variantes más o menos creíbles, San Valentín es un icono del amor romántico que reporta pingües beneficios, convenientemente utilizado. También el amor es un sentimiento que, indecentemente manipulado, ha servido durante siglos para convertir a las mujeres en seres miedicas, melindrosos e inseguros, dependientes y ansiosos, pasivos y muy a menudo, realmente desgraciados.
No hay intención de ofender a nadie en sus sentimientos y creencias más íntimos, ya que quienes opinan que el amor es uno de los sentimientos que ennoblece la existencia del ser humano, tienen toda la razón. El deseo de amor, como el ansia de libertad son pasiones humanas que nos dignifican permitiendo una vida plena y provechosa.
Pero, a veces, el amor deja de ser un sueño para convertirse en pesadilla, en una herramienta útil para convencer a las mujeres de que han de besar sin desfallecer al sapo que les tocó como marido. Aunque les cause dolor y muerte, porfiando hasta que se convierta en príncipe, como promete la milonga que les han contado.
El amor romántico es una peligrosa quimera , cantada en coplas, baladas, óperas, ahora y siempre en un consenso universal y patriarcal, para alimentar la peligrosa idea de que mujer sin pareja es mujer fracasada, mientras que la emparejada debe estar dispuesta a disolver su propia identidad en la marea azucarada del amor, ofreciéndose, abierta en canal, a los sacrificios que el amor imponga.
El amor entre iguales es una oportunidad única porque permite vivir una experiencia extraordinaria basada en el entendimiento y el apoyo mutuo, que fomenta el crecimiento y garantiza la felicidad. Y no tiene nada que ver con ese amor, que Marina Subirats califica como “el opio de las mujeres” que las condena a la dependencia, a la sumisión, a la anulación y la aceptación de la injusticia
Que se lo digan a las ocho mujeres asesinadas en lo que va de año, que se emparejaron con sus asesinos, convencidas de que eran su príncipe azul, y no su verdugo. Que se lo digan a los más de dos millones de mujeres en este país, que conviven una media de ocho años con sus maltratadores, resignadas, rotas y desamparadas, porque nadie les enseñó que el príncipe azul no existe, pero el macho violento, por desgracia, sí.
El amor romántico puede ser causa de una muerte lenta y dolorosa, cruel y anunciada. Quizás no sería mucho pedir que en fechas como ésta, empezara a ser cuestionado en un mensaje social, comercial y mediático, dirigido sobre todo a las niñas y adolescentes, para convencerlas de que el amor a sí mismas, es el primero al que deben aspirar para conseguir la felicidad.
