Escribir como desahogo, como terapia, como milagro, como ruego, como súplica, como disculpa y como exigencia.
Escribir para sobrevivir, para gritar, para protestar, para sentir y hacer sentir. Escribir para sufrir y disfrutar, para pelear con el verbo y capturar al adjetivo que necesitas.

Escribir porque si no las palabras revientan dentro y escuecen. Porque impide sentir la boca cosida con un hilo invisible y doloroso que nadie advierte.
Escribir sin tinta, sin papel, sin teclado ni pantalla. Escribir en tu cabeza, hilando frases alocadas, componiendo música silenciosa, llena de rebeldía ante silencios inesperados.
Escribir para combatir soledades, para conquistar la alegría. Para ocupar un espacio en el mundo donde todo esté a la vista y no haya que agotarse en el fingimiento.
Y dejar de hacerlo un día cualquiera, sin dejar rastro. Ni una sola palabra para la posteridad, ni una sola mirada autorizada. Solo cierto aroma de esperanza y de despedida
