Andaba un poco preocupada por su próximo cumpleaños. Y no porque considerara difícil situar 65 velas en la tarta de rigor. Era por el dígito. Una edad venerable. Aunque en realidad nada más que 65 vueltas al sol, que en ocasiones calentó, incluso excesivamente, y otras la dejó a la intemperie, sometida al caprichoso destino que a veces las gasta bien gordas.
Lo peor era la esquizofrenia. Entendida como el divorcio total existente entre su yo interior, al que conocía muy bien sin necesidad de clases de yoga, y la imagen de la mujer desconocida y extrañada que le devolvían los espejos. Lo segundo peor, los tópicos sobre la longevidad femenina que le auguraban largos años de supervivencia sin mencionar las condiciones. Lo tercero peor, las despedidas, las desapariciones y ausencias de colegas, socias y compañeras de su misma quinta que iban diciendo adiós, no a causa de iniciar el tránsito definitivo e irremediable, sino simplemente debido al cansancio, a la rendición ante la vida por déficit energético vital. Algo que no soluciona el propóleo.
Los 65 en las mujeres de hoy llevan asociada la imagen de señoras de pelo corto, mayormente blanco aunque con labios bien rojos. Suelen ser valientes, comunicativas y prudentes. Están libres como los taxis pero no cogen a cualquier pasajero ni hacen cualquier trayecto. Pueden ser sabias, o no. Todo depende de su capacidad de interpretar el pasado, sin idealizarlo, ni condenarlo y, a ser posible, sin compartirlo con todo bicho viviente.
Su imagen es mucho más atractiva que la de alguna generación anterior que a esa edad se abonaba al moño cardado, la falda recatada y preferentemente hasta la rodilla con un zapato de tacón tan plano como su aburrido presente y su previsible futuro. Mujeres que se retiraban a la soledad de las frías iglesias o se concentraban en el cuidado ajeno al que ellas nunca tendrían derecho. Mujeres mudas sin nada que decir. Invisibles a las que nadie se molestaba en mirar.
A ella, le preocupaba su 65 cumpleaños. Hasta que descubrió que no era una puerta que se cierra sino una nueva fase del viaje que requería cierta adaptación a las nuevas oportunidades y a las previsibles limitaciones. Quizás no viera las letras de cerca, pero detectaba a los idiotas de lejos. Quizás no la miraran a ella, pero ella sabía exactamente quien merecía su atención. Ya sabía que nunca podría, ni le convenía gustar a todos y que lo importante era gustarse a ella misma. Podía permitirse ser descarada, provocativa y juguetona y decir alto y claro lo que pensaba consciente de que su consideración y prestigio ya no cambiaría demasiado. La vergüenza ya no era enemiga a abatir, la competitividad ya no era de su interés.
Bienvenidos los 65, concluyó esta sabia mujer, porque ya se quien soy.

