RUFIÁN

Creo formar parte de una gran parte de la población que tiene la sensación de ir cuesta abajo y sin frenos. La locomotora de ese tren es como el camarote de los Hermanos Marx, está llena de gente que, en general, me cae bien, aunque no siempre. Pero están tan absortos en la tarea de demostrar que son los mejores, tan empeñados en recuperar el control señalando los errores de los contrarios, que el batacazo es seguro.

Y menudo batacazo. No quiero alimentar la política del miedo que paraliza y hace que el personal centre sus esperanzas en el bunker que quiere construir en su jardín. No quiero incrementar el sentimiento de vértigo ante una realidad local, nacional y mundial que anuncia la victoria de quienes tienen clarísimo a quien van a defender y a quien piensan machacar. No quiero argumentar a favor de la desesperanza y el escepticismo que de eso vamos sobradas. Pero, oigan, ya está bien.

Parece que en la izquierda organizada de este país alguien está moviendo ficha. No hay solo uno, sino varios protagonistas. Que somos muy aficionados a elegir caballo ganador y apostar por su victoria, hasta que se rompe una pata y lo sacrificamos, pontificando sobre sus errores.

El más conocido, para bien o para mal, es Gabriel Rufián Romero porque se lo ha ganado a pulso durante estos años como parlamentario brillante, que lo es, independientemente de las coincidencias y discrepancias. Con su declaración de intenciones ya ha conseguido que por una vez y sin que sirva de precedente, el debate mediático se centre en el futuro de la izquierda y por derivación, del país en que vivimos. Más allá de eso se ha limitado a explicitar lo que tanta gente rumia en silencio. “Como no hablemos, esto se va al carajo”.

Le critican que durante estos 10 años le ha dado caña al Gobierno, pero también lo ha apoyado cuando le ha parecido conveniente. Algo que sin embargo debería ser una cualidad: ningún Gobierno ni presidente, lo hace todo bien o se equivoca siempre. Pero el hábito de las ovejas es seguir incondicionalmente al pastor para poder seguir perteneciendo al rebaño.

Le critican que deje de defender los intereses nacionalistas para situarse en órbita estatal. “Quien crea que el fascismo se va a detener en tu frontera, se equivoca…”

Le critican la soberbia que demuestra al postularse como Presidente, cosa que no ha hecho todavía y está por ver, aunque claramente está dentro de lo lógico y lo posible.

Yo, hoy y ahora, le apoyo. Porque se entiende a la perfección lo que dice y no se esconde en eufemismos o en el lenguaje críptico de la política. Porque ha abierto el debate lanzándolo a la calle impidiendo que sea un asunto a resolver en la intimidad de los despachos. Ahora está ante la mirada atenta de quienes los miramos para ver qué pesa más en sus decisiones: si sus legítimas opiniones de partido o su interés en proteger la democracia y el estado de bienestar. Porque no ha dicho lo que hay que hacer -dice que no lo sabe-, sino que algo hay que hacer como decisión colectiva de todos los personajes de la obra. Seguro que tendrá alguna idea, pero la subordina al empeño de conseguir la unidad de acción en esa locomotora que evite la catástrofe segura.

Yo, ahora, le apoyo. Mañana, quizás no. Cuando el debate avance habrá cosas que se podrán compartir y otras que no, todo depende del balance final. Si el debate no avanza porque los iluminados, puros de corazón, lo ahogan antes de empezar, nunca debería haber perdón.

Lo que es evidente es que, haciendo lo mismo, el mismo pésimo resultado está asegurado. Y que cambiar significa renuncias, olvido de agravios, visión estratégica, transparencia, generosidad, juego limpio. Algo que la ciudadanía agradecerá infinitamente porque si se pierde la batalla de las urnas, asusta lo que vendrá después.

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