He iniciado el año con dos experiencias gratificantes. Una ha sido comer erizos de mar. Parecido a la experiencia de comer una perdiz escabechada hace años. Ante el pajarito que exhibía sus huesecillos descarnados incluida su cabeza minúscula , me sentí asesina despiadada .
Los erizos no resultaban tan fúnebres. Conservan su apariencia externa, con sus púas afiladas aunque un poco flácidas. Se que se defienden como fieras, después de muertos, para dejarse cocinar siendo difíciles de manipular. Se comen con cucharita y tienen un fuerte sabor a mar,a roca de mar,a aire de mar, sin concesiones. Pero resulta más bonito imaginarlos pegados a su roca.

La segunda experiencia fue ver el concierto de Año Nuevo en Viena, costumbre adquirida hace años sin pretenderlo. La dirigía un señor que no era extremadamente viejo, ni de pelo blanco, que sonreía todo el tiempo y sudaba como un albañil. Se llama Yannick Nézet Seguin y es un canadiense con pendiente y uñas pintadas, que disfrutó e hizo disfrutar. Entusiasmó con su energía, su sentido del humor y su calidad musical a un público de japoneses venerables, mujeres chinas elegantes y muchas otras personas que deben haber ahorrado mucho tiempo para estar en esa sala repleta. Debe valer la pena.
No volveré a comer erizos pero es bueno saber que siempre quedan experiencias que vivir. Volveré a oír el concierto desde el sillón esperando que algún día sea una mujer, igual de capaz y valiente, la que lleve la batuta. Todo puede pasar. Y algunas cosas ya tardan
