Es fácil perderse entre fases enteras y medias fases, entre franjas horarias, tamaño máximo/mínimo de los grupos y esa sutil distinción que obliga a pasear con las criaturas para no ser abroncadas, distribuidas equitativamente entre los progenitores, mientras que al pelotón, en amor y compañía, pueden dirigirse a sentarse en una terraza a tomarse un helado, sin que nadie les respire.
Son, en todo caso, menudencias, disonancias, difíciles de evitar cuando se tiene que organizar la vida de todo un país, que por otro lado no es demasiado aficionado a que le digan lo que tiene que hacer. 
Aunque es también un país que, como ha quedado demostrado, es muy capaz de actuar ante la disyuntiva correcta (vivir sano en aislamiento o morir enfermo en la barra del bar) con absoluta responsabilidad.
Todos, menos ciertos ciudadanos para los que las manifestaciones siempre habían sido algaradas de la chusma, y que justamente ahora han descubierto que las cacerolas, objeto doméstico tan invisible e ignorado como quienes las limpian todos los días, tienen otra utilidad.
Así que apropiándose del glorioso y prostituido concepto de libertad, salen a la calle a reclamarla al mismo tiempo que hacen un uso indebido de ella, sin explicar que su exigencia pasa por saltarse las normas que han salvado el pellejo de mucha gente, a costa del sacrificio de otros muchas, y dejando en el camino unas ausencias intolerables que no merecen ser olvidadas.
Crece la impaciencia de llegar a la fase III o la que sea, en la que se pueda ocupar la calle con cierta flexibilidad. Entre otras cosas para dejar constancia de que la mayoría confinada de este país, ama la libertad como el que más, seguramente bastante más del que pregona su patriotismo pijotero desde el descapotable. Y sabe que sólo es digno de ella, quien la conquista cada día.
